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viernes, 4 de julio de 2014

La historia de Karim

Nos gusta encontrar buenas historias en los diarios. Historias para leer. Como la de Karim. Vendedor de pañuelos. Payaso. Y ahora, después de muchos años, vuelve a ser periodista. La ha publicado El Periódico.

sábado, 31 de julio de 2010

Desembarco en la profesión (19)

Gorka Moreno en acción...

Traté de pintar con las imágenes, de luchar en la calle. Soñé con lugares desconocidos, vibré con la presión de una exclusiva, sentí la magia de lo que Cartier Breson llamó “el instante decisivo” y compartí decenas de proyectos con personas que hoy son mucho más que simples compañeros. Algunas de ellas fueron incluso maestros. Ahora, con 29 años, intento desempolvar recuerdos que me trasladan a otra vida. Una vida que duró ocho años, que murió, pero que algún día tal vez vuelva a resucitar.

Lo he probado todo, pero tal vez demasiado rápido: la radio; la televisión local, nacional e internacional; una agencias de noticias; un periódico; varias revistas; una agencia de comunicación… Y después de todas esas experiencias, tengo muy claro que lo primero que muere en un periodista es la frescura. Por desgracia, la explotación sin control, las presiones enfermizas respecto a la competencia, los intereses ocultos (a veces transparentes) y las continuas decepciones han terminado por destruir el ideal de una profesión vocacional y apasionada. Y por llevar a gran cantidad de jóvenes promesas a abandonar el periodismo de raza por una vida más tranquila en casa del “enemigo”: los gabinetes de prensa. Tópicos, clichés… Verdades como puños que corrompen el panorama nacional de los medios de comunicación y que rebajan la categoría del periodismo a la de simple profesión.

Primer maestro: Javier Marrodán. En 1998, devoraba sin control todos los libros de los grandes corresponsales de guerra, tanto extranjeros como españoles: Michael Herr, Ryszard Kapuscinski, Robert Kappa, Arturo Pérez-Reverte, Ramón Lobo, Manu Leguineche, Jon Sistiaga, Francisco Perejil… Caminé por los Balcanes, Chechenia, Vietnam, la antigua Unión Soviética… Tras un turbulento paso por Derecho, llegué a la Facultad de Comunicación con una única obsesión: ser uno de aquellos hombres que habían visto suficiente como para conocer la verdadera humanidad del hombre. Así que empecé a aceptar cualquier propuesta de trabajo, remunerado o gratuito, que me permitiera aprender a ser un todoterreno. Y paralelamente, me dediqué a la fotografía. Soy de los que piensa que un buen periodista debe ser capaz de captar una buena instantánea.


Pero antes de entender la esencia del periodismo, viví una de las pocas decepciones que se convirtió en lección. Primera práctica de redacción: ¿Qué es escribir para ti? Recuerdo que pasé horas y horas escribiendo, corrigiendo, volviendo a escribir… En ese momento, aquel texto lo era todo para mí. Era el baúl en el que quería guardar todos los sueños que durante dos años había escondido en algún lugar de mi corazón. O de mi cabeza, quién sabe. Escribí con la típica ingenuidad de un joven que quiere descubrir mundo: en primera persona y con un estilo entre lo poético y lo cursi. Y la respuesta fue contundente: un 5. Abatido, acudí al despacho de Javier Marrodán en busca de una explicación a mi mediocridad. Y la encontré. “Gorka, un periodista debe escribir para los demás, no para él”. Desde entonces, mis notas fueron mejorando de forma progresiva.

Poco después, fundé una revista literaria con un grupo de amigos que con su nombre pretendía dejar constancia de nuestra rebeldía casi adolescente: El té de la seis. Sentíamos que podíamos caminar un metro por encima del suelo —defecto que años después trataría de corregir Ander Izaguirre—. Era una forma humilde de hacernos escuchar en una época en que, según dicen, la juventud está perdiendo los valores. Pobres jóvenes. Quizá el problema sea que algunos han olvidado que hace años también tuvieron 20 años. Y a los meses llegó Manuel Corera, un tipo único que me enseñó a contar historias con las imágenes en Canal 4 Navarra, a escribir relatos para la extinta emisora Net 21 y con quien compartí sesiones de cámara oculta en pleno centro de Pamplona. Un tipo que nunca actuó como jefe, sino como amigo. Con uno de los reportajes que se emitieron en el programa Perfiles, obtuve el único premio de mi carrera: el Premio de Prácticas de la Universidad de Navarra. Sé que me hizo una ilusión especial, porque competía contra alumnos de 4º. Y yo estaba en 2º, así que partía con una desventaja evidente que no mermó mis aspiraciones. Y como no era ambicioso ni nada…

Recuerdo que en aquella época aprovechaba cualquier oportunidad para viajar: Londres, Turquía, Ámsterdam, Italia, Grecia, Marruecos, Egipto… Y en cada lugar, intentaba captar la personalidad de los lugares y sus gentes con mis dos armas favoritas: el bolígrafo y la cámara de fotos. Cada retrato, cada palabra, encerraba una historia, a menudo desgraciada. No había límites que separaran mi vida privada de mis estudios. Si algo me gusta de los periodistas vocacionales es que al menos cuando son jóvenes, ejercen durante las 24 horas del día. Es imposible quitarse la mirada curiosa. Siempre está ahí, analizando la realidad que le rodea, escudriñando cada detalle, tratando de sintetizar la vida en una frase, en un gesto.

El deseo de aprender desde abajo me llevó en el verano de 2001 a la delegación en Baleares de la Agencia EFE. Allí conocí a Óscar Pipkin, un fotógrafo argentino que pasaba de los 50 y que me enseñó cientos de triquiñuelas. Se las sabía todas. Muchos años de paparazzi y decenas de portadas nacionales e internacionales le habían convertido en alguien singular y respetado en Mallorca. Vamos, que tenía el culo pelado. Allí viví la calle, infinidad de ruedas de prensa, conocí a Xiana —una joven gallega que trabajaba en Radio Nacional de España— y me subí a un helicóptero por primera vez. Si aquel viaje hubiera durado un minuto más, habría necesitado una bolsa…

Aunque cursaba Periodismo, tenía muy claro que quería estar preparado para trabajar en cualquier medio. Nunca entenderé por qué Periodismo y Comunicación Audiovisual no son una misma carrera. Un periodista debe saber de televisión, radio y prensa. Así que en el verano de 2002 logré entrar en CNN+. Pude hacerlo en Antena 3, donde las perspectivas de un futuro laboral estable eran bastante tentadoras. Pero yo quería responsabilidad. Y allí aprendí a redactar noticias, a editar vídeos, a armonizar las palabras con las imágenes, a adaptarme a la inmediatez de un canal de 24 horas. Pero cuando uno es el último mono de miles de personas, resulta complicado hacerse un hueco. Nunca se lo dije, pero Miguel Manso se convirtió en una referencia de sacrificio. Y Juanjo, el editor, en un juez que sabía impartir justicia en una redacción que vivía en constante agitación.


Sin embargo, la verdadera guerra llegaría unos meses después, precisamente cuando me surgió la oportunidad de vivir la guerra de Irak en una de las cadenas más idealizadas del planeta: la CNN, en cuya sede central de Atlanta se encontraba también de la corresponsalía de CNN+ en Estados Unidos. Su jefe, Rafa De Miguel, era un tipo hermético, con una capacidad asombrosa para hablar en directo sin trabarse ni una sola vez, con una visión clarividente de la realidad. Viví la tragedia del Columbia, las mentiras de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU, la censura el día en que mataron al primer grupo de marines y secuestraron a varios soldados. “Quien emita esas imágenes no estará sirviendo a su patria”, llegaría a sugerir el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Y todos acataron sin rechistar. Nunca entenderé por qué las televisiones no debatían las verdaderas razones de aquella guerra ilegal, por qué se pasaban horas y horas diseccionando las características del armamento estadounidense y por qué a las manifestaciones contra la invasión convocadas en ciudades del interior como Atlanta apenas acudían pequeños grupos de un centenar de personas. No había debate en las calles, sólo fuegos artificiales, como diría mi amigo y consejero Miguel Ángel Jimeno. Siempre tuve la sensación de que la guerra era más importante para los europeos que para los propios norteamericanos, tan poco dados a la autocrítica. Dejando a un lado los intereses políticos y empresariales, Al Jazeera dio una lección a las cadenas estadounidenses, que apostaron por la figura del “embedded reporter”, un invento por evitar la libertad de prensa. Ataviados con chalecos antibalas, narraban sus crónicas desde tanques preparados para la batalla. Pero siempre permanecían en segunda fila. Hasta el idolatrado Nick Robertson, auténtico artífice de la gran labor realizada por la CNN durante la primera Guerra del Golfo, tuvo que ver el espectáculo desde la barrera. Mejor dicho, desde Jordania.

Tal vez el secreto resida en la fe ciega que gran parte de los estadounidenses tiene en su omnipotencia, hecha, nunca mejor dicho, a prueba de bombas. De hecho, inicialmente las encuestas respaldaban a Bush. Y la corriente sólo cambió cuando la sociedad comprendió que el triunfo era una quimera y que sus soldados caían como moscas a pesar de su enorme ventaja frente al enemigo.

Allí pude mirar, mirar mucho. Pude aprender en silencio y contar en primera persona las historias del “frente americano”. Vi, escuché y procesé. ¡Ah! También logré ordenar la videoteca de la corresponsalía como nadie lo había hecho antes. Y despedirme con un reportaje que emitió Canal + en abierto donde contaba las técnicas propagandísticas de la Administración Bush. Recuerdo que mi abuela siempre decía que la televisión me hacía más delgado. Al menos en eso, logré ser diferente.

Y cuando creía que ya estaba preparado para cualquier destino, aprendí otra gran lección: después de tantos años, seguía más verde que una película de dos rombos. En 2003 volví como becario a la escuela, a El Periódico de Aragón, y allí me hice periodista, gracias sin lugar a dudas a la confianza que me brindó mi mentor, Miguel Ángel Liso. “Eres un periodista de raza”, me comentó una vez. Gracias a él y a la jefa de Local, Dalia Moliné, que se volcó en mi formación y se convirtió en mi confidente, en apenas dos meses estaba investigando en uno de los casos al que más atención prestaban los medios aragoneses: la tragedia área del Yakovlev 42, que costó la vida a 62 militares españoles y de la que podría escribir cientos de páginas. Y me especialicé en Sucesos y Defensa. El idealismo se convirtió en excitación, en increíbles aventuras que dibujaban espirales de interrogantes en mi mente. Fui enviado especial en Turquía en dos ocasiones para todos los periódicos del Grupo Zeta —allí conocí los secretos del genio Pablo Ordaz— y viajé con el ex ministro de Defensa, José Bono, a Afganistán —rodeado de periodistas veteranos que en la mayoría de los casos paseaban su grandeza como pavos desplumados—.

Apenas una semana antes de que dos helicópteros españoles sufrieran un accidente inexplicable y en circunstancias más que extrañas a mediados de agosto de 2005, sobrevolé el desierto afgano en un Cougar. Vi a un grupo de mujeres afganas colocarse el burka tras un acto oficial en el que se quería mostrar la apertura experimentada por el país tras la intervención de la comunidad internacional, sufrí el recelo de los locales hacia los extranjeros y conocí a un alto cargo del Ministerio de Defensa que se colocaba el casco debajo de sus genitales porque prefería que le robaran la cabeza a su virilidad. Yo creo que había visto Apocalipse Now demasiadas veces.

Pero más allá de esta experiencia, me faltaba la prueba más dura antes de la graduación: conseguir una auténtica exclusiva. Vamos, lo único que te permite hacerte respetar por la clase política y el resto de la profesión. Destapé el sobrepeso con el que despegó el Yak-42 —una ilegalidad que sería camuflada después con una presunta avería en el sensor del combustible a pesar de que el avión supuestamente no tenía ningún fallo técnico— y contemplé con temor desde la inexperiencia la repercusión de una exclusiva nacional. Aún recuerdo cómo el ex ministro Bono no convocó una rueda de prensa para explicar las conclusiones finales de la investigación, como sí había hecho su predecesor, y se dirigió formalmente al Congreso para contar una verdad camuflada. Sin rueda de prensa, no habría preguntas incómodas, porque los diputados no estaban excesivamente preparados en el tema.

También demostré que Defensa había ordenado enterrar restos humanos sin identificar en Turquía y sin avisar a las familias; me hice con fuentes en el Instituto de Toxicología de Estambul que me confirmaron la chapuza realizada por el Gobierno de Aznar con los más de 30 cuerpos que fueron repatriados a España sin una identificación; fui el único periodista invitado por una viuda, Rosa, para contar en primera persona y como testigo directo el proceso de exhumación de su difunto marido, el subteniente Álvarez, que por error había sido enterrado en un pueblecito de Cáceres y no en Zaragoza, donde residía su familia; entablé una guerra mediática para que las viudas de hecho de los fallecidos cobraran una pensión como merecían, lo que se consiguió con la llegada del PSOE al poder; comprobé cómo los partidos políticos se tapan entre ellos cientos de escaramuzas; cómo gran parte de los responsables en la contratación de los vuelos siguen hoy en día en sus despachos del ministerio —sólo se “cargaron” a la cúpula militar del desastre—; y un año después del siniestro, vi con mis propios ojos cómo Bono, en la cima del monte Pinav donde se había estrellado el avión, ponía todo su empeño por que las televisiones españolas tuvieran imágenes del homenaje a las víctimas mientras numerosas familias de los fallecidos permanecían atrapadas en el barro a cientos de metros del lugar. ¿Por qué nadie cuenta las cosas verdaderamente importantes? Que se lo pregunten a los capos de los medios. Yo no tengo la respuesta. Bueno, sí la tengo, como cualquiera que conozca un poco este mundillo.


El accidente del Yak-42 fue el punto de inflexión de mi carrera. Más allá de las portadas, la tensión permanente, las presiones de Defensa, la guerra sin cuartel contra el Heraldo de Aragón —desayunar leyendo la competencia puede terminar por encogerte el estómago— y el silencio del ex ministro Federico Trillo, que sólo hablaba para escupir mentiras, aquella tragedia me mostró toda la dureza de la vida. Conversaba hasta altas horas de la madrugada con familiares de los soldados y compartía con ellos cada noticia, cada avance de la investigación. Tal y como me dijo un perro viejo de la profesión, “ante la duda, ponte siempre del lado del débil”. Sí, me involucré mucho, muchísimo.

Y no me arrepiento de nada. Porque siempre que me invadía la confusión, ellos aparecían para dar sentido a mi lucha, para apoyarme, para ayudarme a seguir adelante. No estoy de acuerdo con quienes dicen que un periodista nunca debe implicarse en exceso. Si uno tiene corazoncito, no puede evitarlo. Cuestión de humanidad. Pero tras una lucha interminable por depurar responsabilidades, llegó la decepción: las cabezas visibles de la chapuza nunca perderían su lugar de privilegio y, con el tiempo, casi todo el mundo olvidaría lo sucedido. Hoy, los españoles pagamos el sueldo del señor Trillo. Al menos Bono ya no está. El que se erigió en defensor de la causa fue un “bluf”, aunque algunos colectivos lo hayan apoyado públicamente —no en privado— con la firme convicción de que algún día destaparía toda la verdad. Y hoy, casi cinco años después, cientos de preguntas siguen el aire. ¿Quién ordenó repatriar los cadáveres? ¿Por qué se contrataban vuelos basura si había quejas oficiales de militares españoles sobre los aviones ex soviéticos? ¿Por qué existen políticos incapaces de renunciar a su poltrona cuando meten la pata?

Poco a poco, la prensa fue retirándose para dejar paso a nuevas polémicas. El País, que durante la campaña electoral utilizó el accidente del Yak-42 como arma arrojadiza contra el PP, fue perdiendo progresivamente el interés por la verdad en el instante en que llegó Bono al poder. Bueno, después de sacar alguna exclusiva más dirigida desde Defensa. Y el Heraldo de Aragón, que compartía fuentes y estrategia informativa con El País en muchos aspectos, siguió los mismos pasos. Siempre he creído que detrás de esa actitud estaban algunas personas pertenecientes a un colectivo de afectados, que intentaban controlar la información que publicábamos los medios. Las mismas personas ante tanta promesa decidieron callar cuando el PSOE llegó al Gobierno y que protagonizaron momentos inolvidables en el Congreso como un abrazo claramente pactado con el ex ministro. Hasta en esas personas encontré a veces cierto rechazo cuando mis noticias no eran lo que ellos deseaban.

El muro era demasiado grueso. Imposible destruirlo. Y la vida… La vida era el periodismo. Condiciones durísimas, relaciones personales echadas al traste, jornadas de trabajo sin descanso, un futuro más que incierto cuando uno es, como diría Raúl Del Pozo, un periodista que va por libre. El corazón pereció, poco a poco, de una muerte lenta. Se desprendió de cada esperanza como las hojas de un árbol en invierno. Un ejemplo: la cúpula del Ayuntamiento de Zaragoza rechazó la propuesta de la Jefatura de la Policía Local para concederme el premio anual que otorga al periodista de Sucesos con mayor implicación en temas seguridad vial. ¿La razón? Un par de artículos bastante críticos con la gestión municipal ante una huelga de los policías locales. Señal de que no hacía tan mal mi trabajo.


sábado, 24 de julio de 2010

Desembarco en la profesión (18)

Marta Chávarri nos relata sus primeras "pedaladas" en Tele5.


Me perdía por esos estrechos pasillos de Tele 5, flanqueados por grandes fotografías de presentadores famosos que parecían saludar al pasar. Y mientras me miraban cuando avanzaba por el pasillo, me preguntaba cómo habría empezado toda esa gente a trabajar antes de ser “famosos”. ¿Habrían pasado algún verano, como yo, de “becaria precaria” en algún canal de televisión, periódico o emisora de radio? Paula Vázquez, sonriente en una de esas fotografías del pasillo, entonces presentadora del Euromillón, no tenía mucha pinta de haber aguantado todo un verano leyendo El Mundo, El País, de cabo a rabo, y más en profundidad el Marca, el As y El Mundo Deportivo, como fue mi caso en ese verano de 1999. Así estuve yo prácticamente todo mi periodo estival de “prácticas” semivacacional. “Ella cobra un millón de pesetas por programa”, me aseguró un cámara de Informativos tomando una “Coca-cola” en la Cafetería. Y yo ya empecé a frotarme las manos. Pensé con la inocencia del novato: “Ésta es una profesión con futuro”.

Los vi, en sus marcos de colores, por primera vez ese 5 de julio de 1999. Todavía se emitía “Médico de familia”. Por supuesto allí estaba fotografiada la sonrisa congelada de Emilio Aragón. En Pamplona, a punto estaban de lanzar el chupinazo. Sin embargo, todos esos cuadros me comenzaron a embriagar hasta perder el cronómetro que mide el tiempo en la capital navarra. Allí, en los pasillos de Tele 5, empecé a no echar de menos mi tierra. Quién me lo iba a decir.

Yo ya había hecho prácticas en un canal local de televisión navarro (el único en ese momento: sí, Canal 4 Navarra). Ya sabía qué eran eso de las colas, eso de los totales, y por supuesto, eso de los vídeos, vtrs o piezas. Claro que sí. Incluso había hecho varias de ellas, con entradillas o staymans/women incluidos. Por supuesto. Por eso llegaba a esa redacción de Tele 5 a por todas.

Pero esa redacción de Madrid era otra cosa. Había mucha gente que iba y venía sin parar. Con papeles, con cintas, con cafés. Siempre con prisa. A carreras. Y parecían muy profesionales. Ellos, los periodistas de los informativos no aparecían en las fotografías de los famosos. Bueno, Angels Barceló, sí. La única. Ella se sentaba, junto al equipo de informativos, frente a su ordenador en el centro de la redacción. Pero no llegué a intercambiar con ella más que un “hace calor hoy” de ascensor o un “¿vas a pasar tú?” en los baños de chicas. Entre ella y los becarios se levantaba un largo puente difícil de recorrer. Además mi sección era....la de deportes. Angels Barceló no tenía ni arte ni parte en esta sección.

Entre ese ir y venir de periodistas, cámaras y documentalistas, me sentía como un pequeño patito a la deriva dentro del océano Pacífico.

La redacción de deportes era la más familiar. Pero también la más machista. 10 periodistas cubrían la información deportiva. Y sólo una mujer: Maika. “Bienvenida al equipo” me dijo Antonio Lobato, ahora más conocido por cubrir la Fórmula 1 copada por Fernando Alonso. Él iba a ser mi jefe. No Fernando Alonso, ya me hubiera gustado, sino Antonio Lobato. Alonso por aquel entonces, desde luego que no tendría ni el carnet de conducir, porque, además se lo sacó hace apenas un par de años. En casa del herrero, cuchara de palo.

Menos mal que estaba Maika. Aunque, cuando nos íbamos a comer todos juntos al comedor, ella era “uno” más en las sobremesas. A ver quién decía la mayor burrada. A ver quién sabía más de la última estrategia del Real Madrid o de las tácticas más inconfesables del jugador de turno. De fútbol, por supuesto. El deporte rey. La disciplina deportiva que no se podía dejar en manos de un becario. “Marta, en tu primer día, te vas a estrenar con ciclismo”. La Vuelta a España llegaba a Torrelodones y “alguien” tenía que cubrir esa etapa. Ese alguien fui yo. Y no les vino mal a Lobato y compañía, ya que su becaria fue la única periodista (ya me había licenciado, por aquel entonces) capaz de entrevistar al líder de la carrera: Jan Ulrich. Sí, sí, al del maillot amarillo, al número uno. Inaccesible, como buen alemán, no contestaba a quien no entendía. Pero la becaria de Tele 5 sabía alemán gracias al Erasmus del año anterior y Ulrich me concedió el privilegio de ser la única que se fuera a la redacción con unas palabras. Fue una carrera emocionante. Mi primera etapa en estos lides. Y me quedaban muchas más pedaladas. Y las me quedan...

sábado, 17 de julio de 2010

Desembarco en la profesión (17)

Miguel García San Emeterio, hoy secretario de nuestra Facultad, nos narra aquellas prrácticas en El Territorio (Argentina)

Mi primer trabajo de periodista fue a más de diez mil kilómetros de casa, en una región de tierra tan roja, que teñía la ropa; bajo los rigores de un clima subtropical y donde todo era reciente, como si la Historia acabase de empezar, y eso que los jesuitas habían fundado en el siglo XVII sus reducciones para los guaraníes. En la provincia argentina de Misiones, en el extremo del nordeste argentino, una cuña entre Paraguay y Brasil, hay mucha selva, mucha plantación de mate y dos ríos enormes: al oeste, el Paraná y, al este, el Uruguay, que cientos de kilómetros al sur forman el río más ancho del mundo: el Río de la Plata.

Igual ya saben que Jorge Luis Borges decía que los argentinos descienden de los barcos. Pero los misioneros no son como los porteños de Buenos Aires, mezcla de gallegos, vascos, italianos y judíos, más bien es una provincia de alemanes, polacos, ucranianos, rusos, y —menos— italianos y españoles. En mitad de la selva encontrabas familias de rubios platinos de tez blanquísima, que, en muchas ocasiones, hablaban todavía en alemán. Me acuerdo de reclutas del ejército paraguayo, chicos de 16 años, entre los que había, así, uno junto al otro, un guaraní morenito y de corta estatura, junto a un sajón, rubio e imponente.

Pero, claro, en Misiones, con base en su capital, Posadas, también tenían su periódico: El Territorio. Me había llevado allá un entonces profesor de la Facultad, Toni Piqué, que justo acababa de rediseñar la cabecera con otros dos socios, entre ellos, Gonzalo Peltzer. Gonzalo, porteño de madre gaditana, se había quedado allá de director. Es un tipo especial: proclama siempre que el primer mundo le aburre soberanamente, porque en Latinoamérica está todo por hacer. Hoy es uno de los propietarios del periódico.

No fui solo, me llevé conmigo a Paco del Pino, un compañero de promoción, que se quedó allí con su Rosana y que ahora, vueltas de la vida, trabaja en la competencia de El Territorio. Peltzer luchaba contra la endogamia profesional misionera y pretendía que Paco y yo polinizáramos la redacción con nuestras ideas frescas y osadas recién llegadas de Navarra. Como plan para seis meses, con el título recién obtenido, pues no estaba tan mal. Yo tenía ganas de aventura y de hacer algo diferente con mi vida. En la sección "Misiones" me convertí en uno de los editores de las informaciones que mandaban los corresponsales del interior. Eran periodistas vocacionales, comprometidos con el periódico, pero escasamente formados —de acuerdo con los cánones del hemisferio norte— para contrastar las fuentes, para cumplir plazos de entrega y, qué caballo de batalla, para la redacción periodística.

(Paco Sánchez, Julia Armenteros, Fernando López Pan, Luis M. Sanz, José Antonio Vidal-Quadras, María Ángeles Artázcoz, Pilar Santaolalla, Miguel Ángel Jimeno: os estoy muy agradecido).



Y ahí, en "Misiones", me ocurrió una de las mejores historias de mi carrera. La provincia más oriental de la República también tenía su ciudad más oriental: Bernardo de Irigoyen (nombrar pueblos con héroes patrios es costumbre austral). Allí vivía Juan Martínez, un sencillo canillita (quiosquero), que regentaba un puesto a pocos metros de la comisaría de la Policía y de la frontera con la localidad brasileña de Dionisio Cerqueira.

Juan era un porteño ya cincuentón, que había salido corriendo de la capital federal por un viejo, pero mal asunto de amores. Era un tipo atildado, más bien pequeño, muy delgado, chupado de cara, peinado a raya y siempre dispuesto a salir corriendo detrás de la necesidad del momento. Había terminado en Bernardo de Irigoyen, donde fundó una familia con una joven brasileña, y que ya le había dado tres hijos; Juan se desvivía por ellos, y ellos por Juan.

Además de nuestro principal distribuidor, era el corresponsal. Escribía eternas crónicas en papel rayado, con buena ortografía y un lenguaje envarado y preciosista, aunque, eso sí, entregado a la precisión. Mi terror era mirar el fax en la redacción, y observar cómo el telecentro de Bernardo de Irigoyen nos estaba mandando un nuevo rollo de papel redactado por el amanuense canillita, lo que supondría una hora —al menos— de reescritura y edición.

Las charlas con Juan, antes y después de la recepción, eran eternas, pero divertidas:
—Verá, Señor, esta mañana estuve en el destacamento de la Policía…
—¡Martínez!, a mí no me llames Señor, que me doblas la edad.
—Sí, Señor, lo que usted diga...
—¡Juan!
—Señor, usted es alguien importante, que ha venido de España a trabajar allá en El Territorio.
—Yo no puedo tratarle de otra manera.
—Lo que tú quieras... ¿Qué ha pasado con la Policía?
—Detuvieron a un brasilero por un robo de vacas, y no quería hablar, pero ya le apretaron, Señor, y lo contó todo...

Juan era tan inocente y merecía tanta confianza al jefe del puesto policial, que no dudaban en apurar los interrogatorios en su presencia. Siempre teníamos excelente información de los sucesos de la zona. Un buen día, el diario decidió equipar a los corresponsales con un ordenador conectado a Internet. Se acababan las crónicas a mano, transmitidas por fax. Gracias a los conocimientos informáticos de su hija pequeña, y a horas y horas de edición telefónica, Juan terminó redactando sus noticias en una sola página de word, con el lenguaje preciso y de forma ordenada pero, más que nada, con todo el color de la vida. Peltzer resumía que Martínez se había saltado a Guttemberg. Se había hecho periodista desde un sencillo quiosco, con la ilusión del principiante, pero ansioso por los comentarios recibidos desde Posadas. Demostró una increíble capacidad de aprendizaje a los cincuenta y tantos. Sólo necesitaba que alguien se pusiera sus zapatos.

Tuve la suerte de conocerle allá, me invitó a cenar en su casa con su familia. Y ahí le dejé, correteando por un pueblo en el que, según entrabas desde Dionisio Cerqueira, dabas con un cartel enorme: "La Patria comienza en la frontera".

sábado, 10 de julio de 2010

Desembarco en la profesión (16)

Rafael Guijarro nos habla en su texto de los movidos finales de los sesenta en España. Él estaba en el diario Madrid.

Casi siempre me he dedicado al periodismo de opinión y creo que los únicos reportajes de calle los firmé en la revista Candil, que hacíamos cuatro bachilleres en el Instituto Ramiro de Maeztu. Me parece que uno de los reportajes se titulaba algo así como “Chorizo y queso, lo que más se vende”, con una entrevista al encargado del bar al que acudíamos los estudiantes durante el recreo. De aquellos cuatro, uno es sacerdote y otro trabaja en una multinacional de aire acondicionado; los otros dos somos periodistas: Luis es un alto cargo en informativos de la televisión de Castilla-La Mancha y yo escribo un billete casi todos los días en la penúltima página de La Gaceta de los Negocios, entre el sudoku, la tira cómica y los mapas del tiempo.

Estudié Filología Hispánica en la Complutense porque entonces no había estudios de Periodismo en las universidades, pero aquellos finales de los sesenta resultaron muy movidos. Recuerdo que por un estado de excepción se cerró tres meses la Universidad. Así que había que buscarse la vida cada uno como mejor supiera y yo empecé a trabajar en el diario Madrid, de meritorio, sin cobrar nada, pero aprendiendo de los demás. Ese periódico fue buena parte de mi Universidad. Allí entre Antonio Fontán y Rafael Calvo Serer manejaban a un grupo de periodistas y colaboradores de primera magnitud como Miguel Ángel Gozalo, Joaquín Bardavío, Pepe Oneto, Federico Isart y tantos otros.

Yo trabajaba con Miguel Ángel Aguilar y me encargaba muchos días de la página dos, que era una revista de prensa. Leía periódicos, recortaba lo que me parecía interesante, lo pegaba con engrudo a una cuartilla y le cambiaba el titular. El periódico citaba principalmente en esa sección a lo que se llama en Madrid “prensa de provincias”, de donde sacaba petróleo en aquellos años, en los que quienes mandaban controlaban mucho la información más aparente, y había manga ancha con los periódicos de poca difusión o muy locales “que nadie leía”, salvo el redactor correspondiente del Madrid, que no sólo los leía y recortaba, sino que les cambiaba el titular por otro más incisivo y se los llevaba a Miguel Ángel Aguilar, que escogía lo que le parecía mejor y los ponía en la página. Sólo me acuerdo de un titular que mereció una sonrisa comprensiva por parte de Miguel Ángel hacia el mindundi que tenía oficiando de titularista, sin tener idea de casi nada: “España necesita calidad”.

En el diario Madrid había unos peculiares consejos de redacción en los que participaba todo el mundo; hasta los meritorios podían decir lo que quisieran, aunque yo nunca dije nada, sino que asistí casi sobrecogido a muchos de ellos, en los que se hablaba de todo, se buscaban y compartían las líneas maestras para orientar el periódico: asistían también colaboradores e invitados que aportaban sus puntos de vista; y de ahí surgía la originalidad del periódico en el tratamiento de la información. Casi todos los que hemos trabajado con Fontán y Calvo Serer tenemos ese estilo de compartir puntos de vista diferentes para perfilar mejor la información y la opinión.

Aquello acabó mal, como todos saben, y yo acabé en una asombrosa agencia de colaboraciones periodísticas que se llama Aceprensa, en donde empecé a cobrar por lo que escribía, aunque estuviera en tercero de carrera, pero ya entonces necesitaba algo de dinero para sobrevivir en esos estudios universitarios a trompicones de aquellos años tan movidos. En Aceprensa aprendí a leer y a escribir; es decir: a enterarme de lo que leía y a saber por qué lo escribía. Por eso nunca he entendido el periodismo a tontas y a locas, que rellena las paginas como si fuera un castigo del que hay que quitarse cuanto antes, para darse un respiro antes de volver para rellenar las páginas del día siguiente. Eso no es periodismo, sino una tortura. Aceprensa era una boutique en el tratamiento de la información relevante, pensando siempre antes en las demandas de los lectores que en las propuestas de las fuentes informativas.

Allí escribí mi primer artículo por el que cobré algo, en septiembre de 1971, un comentario sobre un libro de José María Albareda acerca de las características de la Universidad y los universitarios, que se publicó en la revista Nuestro Tiempo y salió en portada ese mes. Tal vez pensara entonces: qué buen arranque; esto del periodismo es lo mío. Pero nunca más he vuelto a ser portada de nada, aunque puede que eso sea lo que me empujara a escribir profesionalmente un montón de artículos y a seguirlos escribiendo cada día.

sábado, 3 de julio de 2010

Desembarco en la profesión (15)

Leyre Iglesias es nuestra protagonista de hoy. Bilbao en el corazón. Se estrenó en Deia y hoy sigue haciendo buen periodismo en El Mundo del País Vasco.

Hello, I call from Bilbao. ¿Puedo hablar contigo unos minutos sobre el atentado?

Así empecé. El 7 de julio de 2005, el triste 7-J, fue mi tercer día en una redacción de un periódico. Mi tercer día en Deia, en Bilbao. Los atentados de Londres me arrancaron como a una zanahoria de mi sección habitual (si es que en tres días se podía llamar así), la de Sociedad, para apoyar a los compañeros de Internacional. “Tienes que buscar a vascos que estén en Londres”, me dijo mi jefe. “Y rápido”. No sabía por dónde empezar, pero en ese momento es cuando se me empezó a calentar esa sangre que creo que tenemos quienes adoramos la información. (“Si tienes esa sangre”, me dijo una compañera de El Mundo un año después, “lo pasarás bien. Si no, no lo aguantarás”). La primera llamada a una agencia de viajes fue tan incómoda, que tuve ganas de colgar. Pero a la décima prueba conseguí a una chica de Bilbao que estaba pasando unos días en el centro de la capital inglesa. La cosa había salido bien.

Llegué a Deia el 4 de julio de 2005. Acababa de terminar segundo de carrera y por primera vez iba a escribir en una redacción de verdad, en un periódico real y con una razón de peso, no como aquella de: “Perdone, soy estudiante de Periodismo y estoy haciendo un reportaje para clase sobre…”. Conseguí el puesto para el verano porque mandé a casi todos los periódicos que conocía en la zona norte una carta con currículum y notas. En segundo no era habitual hacer prácticas, pero un profesor de la universidad (una especie de ángel de la guarda) me animó a intentarlo, un par de semanas antes de que acabara el curso. Y Deia me respondió. Iban a hacer una excepción.

Sin apenas esperarlo y con veinte años, descubrí el funcionamiento de un diario y de un ordenador sin CD-ROM. Descubrí que los titulares tenían un espacio limitado (me tiraba media hora con cada uno) y también que muy pocos periodistas mantenían la ilusión con la que supuse que habían empezado. Así que, además de intentar trabajar bien, me prometí hacer todo lo posible para no llegar a aquella inercia laboral que me pareció tan triste en una profesión como ésta.

Muchas de las cosas que me pasaron fueron posibles gracias a dos variables: becaria y verano. Sólo en esas circunstancias cubres cosas que quizá no deberías cubrir, lo que puede ser un desastre o una oportunidad. Me las preparé bien (más de lo normal) y acabaron siendo oportunidades. Un ejemplo: tuve que hacer una entrevista a un médico que pertenecía a una empresa de investigación sobre el cáncer puntera en Euskadi. Me documenté sobre el cáncer como para una tesis, me arreglé para parecer un poco mayor (los tacones me destrozaban) y llegué a la entrevista diciendo “Buenos días” y dándole la mano al entrevistado.

—Así que tú eres la encargada de los temas de ciencia en el periódico.
—No exactamente.

Sí, era becaria, pero creo que en aquel momento sabía más del cáncer que la redacción entera. Al primer vistazo leí su mente y no me gustó. Por su cabeza pasó la comprensible sensación que experimenta quien ve frente a sí a un becario, con su libreta impoluta y su bolígrafo nuevo, su grabadora de última generación y su nerviosismo más o menos manifiesto: Qué poco valora el periódico este tema (o sea, a mí) para haber mandado a un sucedáneo de periodista sin experiencia. Pero nos caímos bien. Pregunté, repregunté… y poco a poco se fue convenciendo de que sabía algo sobre el tema, de que las preguntas que le hacía no eran las de un paracaidista del cáncer.

La entrevista salió un par de días después y, aunque en el pie de foto él no fuera una persona (Fernando), sino un gerundio (Frenando), el importante investigador me escribió un mail a mí, ¡becaria! (ahora lo escribo y todavía me hace mover la cabeza), para agradecerme “la excelente entrevista”. Era comprensible para el lector (me fío de mi familia, amigos, etc.) y no tenía ningún fallo científico (me fío del señor Frenando). Mis jefes no me dijeron nada, pero entendí que era porque no estaba del todo mal. Eso también lo aprendí: se dice más alto y antes lo malo que lo bueno.

Me lo pasé muy bien. Ahora ha cambiado y no sé cómo funciona; entonces era un periódico con nombre pero no demasiado grande: el jefe nos dejaba estar presentes en las reuniones de temas y era muy amable con los recién llegados. Él me encargó uno de los reportajes con los que más he disfrutado en estos últimos dos años. Me dio un post-it con un número de teléfono (no sabía de quién era) y una historia. “Algo sobre un niño de la guerra”. Conseguí dar con el hombre, que había vivido en Rusia hasta que hacía un par de años había podido regresar a España y se había instalado en Levante. Desde el auricular de un pequeño despacho de la redacción, escuché la despedida de su madre, su relato sobre la batalla de San Petersburgo, su amor con una muchacha rusa que, treinta años después, le chivaba junto al teléfono las fechas que Luis no recordaba. Estuve dos horas comprendiéndole, apuntándole, escribiéndole. Me costó más sintetizar en 150 líneas el dolor y el sentimiento con los que me había confesado su vida.

También metí patas de esas que uno agradece no haber dicho en alto porque la redacción le habría ahogado en lágrimas de risa. Era un periódico que yo no conocía, y durante bastante tiempo, cuando oía hablar de su suplemento Caduca hoy, pensaba que era el planillo del día. Tampoco tenía muy claro qué era eso del planillo. El caso es que escribía y, además, me pagaban. Me parece que fueron 260 euros al mes, que empleé en un viaje a Burdeos.

Me reí aprendiendo. Una mañana, Ibarretxe me dio la mano tras la inauguración de un pabellón en el Hospital de Basurto, mientras yo pensaba si era de mala educación estar mascando chicle al tiempo que apretaba la mano del lehendakari… Me tocaron también temas algo inverosímiles, como escribir un reportaje sobre Níger desde Bilbao (capital del mundo, pero no para tanto) o cubrir durante semanas las consecuencias en el mercado de aquellos “pollos locos” que se convirtieron hace dos años en la serpiente informativa del verano. “¿Compra usted pollo actualmente?” fue la frase que más veces pronuncié en aquellos meses. El problema es que la gente sí compraba pollo, y yo tenía que encontrar a los que, presos del pánico, habían dejado de consumir carne de ave.

Es lo que pasa cuando los jefes escriben el titular antes de que uno salga a la calle.



Leyre, al fondo. Con un puñado de buenos becarios de El Mundo del País Vasco.

sábado, 26 de junio de 2010

Desembarco en la profesión (14)

Alberto Sanz es un todoterreno que lleva muchos años vinculado a la Cope. Su historia está ligada a un penalti que se pitó en medio del campo...

Todo comenzó en septiembre de 2003 en la cadena COPE. Antes ya había hecho cosillas, como enviar notas de prensa a los diarios con crónicas de tenis, pero hasta ese momento no había hecho nada serio. Antes de comenzar la liga me llamaron para trabajar durante el año en deportes, ya que Javier Luis Velasco, quien me recomendó, dejaba el puesto. Finalmente la cosa no pude ser, ya que uno de los becarios lo estaba haciendo muy bien en informativos y vieron la posibilidad de poder seguir contando con él en deportes (no procede decir su nombre). Pese a que no sabía mucho de fútbol, su saber hacer con el micrófono le dio la oportunidad. Yo me tuve que resignar, pero la verdad es que lo entendí. Me pareció normal. Ojalá en todos los sitios dieran confianza y continuidad a la gente que se ha formado en sus empresas.

Pero, cosas de la vida, días más tarde comenzó la liga española con un Osasuna-Valencia. Comenzaba el “Tiempo de Juego” de aquel año, con Eduardo García e Isaac Fouto, y con todo un Javier Alonso en la cabina retransmitiendo. Como becario de deportes le tocaba hacer de inalámbrico en el Sadar. A mediados de la primera parte, con un potente grito entró en antena el inalámbrico diciendo: “Penalti en el centro del campo en el Sadar”, ante el asombro de los oyentes, pero sobre todo ante la sorpresa de Javier Alonso, que no se podía creer lo que veía, más bien lo que oía… Gracias a ese penalti al siguiente lunes me llamaron para que me incorporara a los deportes de la COPE, junto a Patxi Cervantes y Jose Javier Iso.

Comencé yendo martes y miércoles a Tajonar a cubrir el entrenamiento y a hacer de inalámbrico al Sadar. De mi primer partido no olvido mi mayor miedo, salir en el “Radiador” (sección del programa del “Tirachinas” en el que se ríen de las pifias de los locutores), ni del riguroso examen futbolístico al que me sometió Javier Alonso para asegurarse de que sabía de lo que hablaba. El ir respondiendo a las preguntas correctamente le iba tranquilizando, pero cuando le dije los colores de la camiseta del Sestao (el equipo de sus amores) se calmó por completo. A partir de ahí comenzaron las conexiones los sábados a la una de la madrugada para hacer la previa del partido de Osasuna, unos me venía mal porque estaba con sueño y me quería dormir y no podía (y a veces no llamaban), y otros porque tenía cena con los amigos y estaba preocupado por el ruido o por la cobertura dependiendo en que lugar (ahí llamaban siempre).

Desde entonces llegaron momentos inolvidables, como subir con el micrófono inalámbrico narrando y corriendo las escaleras del Reyno de Navarra hasta llegar al palco y ahí entrevistar a los jugadores mientras saludan a los aficionados que festejan la clasificación para la Champions, ver que tanto los diarios deportivos como los nacionales hacen eco de una entrevista mía al uruguayo Pablo García para la revista Don Balón, cantar el gol de Nekounam en directo que clasificaba al equipo rojillo para octavos de la UEFA en el último segundo. O malos momentos, como tratar de hacer una entrevista coherente a los jugadores de Osasuna en la hierba del Vicente Calderón tras perder la final de la Copa del Rey.



Recuerdo con bastante amargura el día de la muerte del portero del Portland Vladimir Rivero. El día estaba previsto como una fiesta, y es que el programa del “Tirachinas” de José Antonio Abellán visitaba Pamplona con todo el show que ellos montan. Sin embargo, la noticia de la muerte de Vladimir nos cayó a todos como una losa, y más a mí, cuando, buscando en el archivo una entrevista suya, se dio la casualidad que era una que le hice y en la que se le escuchaba constantemente a su hija hablar de fondo.

A lo largo de estos años me han dado muchos consejos, y de todos ellos me quedo con dos. El primero me lo regaló Javier Espiga, un gran tipo que me dijo: “No sólo hay que ser honrado, sino que también hay que parecerlo”. Considero imprescindible ser honrado y honesto, y más en esta profesión. Pero no hay que olvidar que también debes dar esa imagen. El otro me lo dio Iñigo Eguillor, técnico de COPE, muy bueno por cierto, quien dijo: “En antena jamás digas problemas técnicos”. Tiene toda la razón, ya que, si tu voz se está escuchando, es gracias a él. Pero el consejo es extensible a todos los aspectos, y es que no se puede ir culpando a los compañeros de puertas a fuera.

Han sido ya varios años narrando partidos del Portland San Antonio, del MRA Navarra, y de casi todo lo deportivo que pasaba en Navarra en los que he vivido momento únicos desde una perspectiva diferente al resto de los espectadores. Hay muchas cosas con las que quedarse: los momentos vividos, conocer a gente, la satisfacción de cuando algo tras muchas horas de trabajo sale bien, la ilusión de las madres cuando alguien les comenta que han visto/oído a su hijo… aunque desgraciadamente todo esto no va en relación al sueldo (si es que hay suerte y existe) los primeros años. No se sabe dónde ni cómo terminará uno, tan sólo puedo decir que estos primeros pasos del periodismo han merecido la pena, no nos haremos al principio millonarios (y tal vez al final tampoco), pero lo que se disfruta haciendo algunos trabajos no se paga con dinero.

No sé cuanto tiempo más seguiré en la COPE, pero he de estar agradecido por darme la oportunidad y por confiar en mi a lo largo de estos casi cinco años, que me han servido para formarme (que no forrarme), y para abrirme las puertas a otro trabajos, ya que gracias a esto hoy día puedo decir que estoy trabajando en Difusión Comunicación y Marketing, una de las empresas importantes de comunicación de Navarra, en la que soy jefe de edición de la revista Escaparate, además de ser corresponsal en Pamplona de la revista Don Balón y de ser jefe de prensa de la Federación Navarra de Tenis. Todo ello compatibilizado con la retransmisión de los partidos de Osasuna a nivel nacional en COPE.

Quién me iba a decir a mi hace varios años que iba hacer una entrevista para la revista Escaparate (en la que actualmente trabajo) a Patricia Conde con la ayuda de todo un profesional como Juan Antonio Villanueva. Este es sólo un ejemplo de la cantidad de cosas especiales que se hacen en esta profesión. Ya he hecho muchas cosas, pero lo mejor es que sé que me quedan muchas más por vivir y hacer.

Quién me iba a decir a mí que ese penalti en el centro del campo me iba a aportar tantas y tantas cosas…

sábado, 19 de junio de 2010

Desembarco en la profesión (13)

Pilar Santaolalla ha desarrollado toda su carrera profesional en La Rioja, su tierra. En la actualidad, lleva las riendas de Onda Cero. Pero sus primeros pasos los dio en Madrid. Esta es su historia:

Recalé en Antena 3 de Televisión (A3) aquel verano de 1991 de casualidad, como suceden casi siempre las cosas buenas de la vida. Había enviado mi currículum fuera de plazo, pero me llamaron para una entrevista urgente en Madrid. Siempre recuerdo con enorme cariño la cazada que me pegó Paco Sánchez en la estación de autobuses de Soria: él era todavía mi profesor de Redacción y me había comentado la posibilidad de quedarme a hacer la tesis en la Uni, y, cuando le vi en la estación soriana, no recuerdo que trola le solté de por qué iba yo camino de Madrid. La mentira piadosa me salió del alma porque me pareció que le estaba traicionando para irme a la tele y... Vamos, una cazada en toda regla.

Cuando llegué a la entrevista en A3 recuerdo que uno de los que estaba en la mesa era Manuel Martin Ferrand, y que me preguntaron mucho sobre qué opinaba de tal o cual político, o de tal o cuál tema... Vamos, que mi impresión era que querían saber si, a pesar de la inexperiencia profesional, tenía criterio sobre la actualidad.

Me asignaron a la sección de Economía, con uno de los mejores jefes que he tenido nunca: Alejandro Dueñas. Y llegué a la sección junto con otro becario alto, con gafas, barbilampiño y con cara de niño, con olfato periodístico y muy trabajador. Y con acento cordobés. Era Julio Anguita Parrado... Trabajamos codo con codo durante los tres meses de las prácticas, y, aunque intentaba distanciarse del peso político que por entonces tenía su padre (no se parecía a su progenitor ni en lo físico, ni en la forma de pensar, ni en casi nada), le costaba mucho que la gente reconociese su gran profesionalidad. Y por eso me dolió mucho cuando murió el 7 de abril de 2003 en la guerra de Irak, cuando cubría la contienda dentro de la Tercera División de Infantería del Ejército americano. Me dolió porque conocí lo excelente profesional y persona que era, ¡y el lastre que supuso para él ser hijo de quien era!

Al tercer día de mi debú en la sección me ocurrió una experiencia profesional de las que dejan huella y que aún hoy, dieciséis años después, me recuerda mi entonces jefe Alejandro Dueñas. Poco antes de las siete de la tarde saltó la noticia de un acuerdo entre Apple Macintosh e IBM. Vamos, una bomba informática y económica. Al entonces director y presentador del informativo de las 20.30, Fernando González-Urbaneja, se le ocurrió dar la noticia con un redactor que anunciase la fusión de ambos gigantes informáticos y que se viesen por detrás un ordenador Macintosh y otro IBM. Alejandro me asignó la información. Hasta aquí, nada extraño.

Pero resulta que en todo el complejo de A3 no existía ni un solo IBM. Increíble, pero cierto. Nos planteamos salir corriendo con la unidad móvil a una casa de ordenadores, pero no íbamos a llegar a tiempo de llegar con las imágenes, editar... Tampoco sé bien cómo, pero de repente, y a media hora de empezar el informativo, apareció un IBM en una torre de A3.

Tan sólo llevaba tres días en la tele, pero repetí cuatro veces la noticia (¡qué difícil es hablar a un agujero negro, al objetivo de la cámara, que ni te mira, ni te escucha, ni te hace gestos!), la editamos y salió al aire.

Se preguntarán que cuál fue la lección que aprendí. Primero, y esto lo he comprobado con los años, que las cosas siempre se solucionan, de forma mejor o peor, pero siempre se solucionan. Segundo, que para ser un buen jefe hay que delegar y dar responsabilidad a los demás. Y lo digo porque a Alejandro Dueñas le cayó al día siguiente una bronca considerable por haber dejado a una becaria, que tan sólo llevaba tres días en la casa, que afrontase una noticia de tal calado. Alejandro se escudó en que la noticia había salido y había salido de forma correcta, y que entonces no tenían por qué recriminarle nada.

Otra lección más: tienes que defender siempre a tu gente. Y otra más: Alejandro nunca me dijo que le hubiesen echado en cara la responsabilidad de dejarme tal noticia; lo intuí y lo escuché “sin querer” al pasar por un despacho, y por eso aprendí que no debemos trasladar a los subordinados las discusiones o las broncas de nuestros superiores. Aquella tarde, si mi jefe me hubiese comunicado esa queja, posiblemente no hubiese levantado cabeza en unos cuantos días. Como les decía, Alejandro, uno de los mejores jefes que he tenido. Y como les contaba, Julio Anguita Parrado, un gran profesional con el que trabajé unos meses.

Desde entonces ha llovido mucho. Me fui de la tele a la prensa escrita, de ahí a la Uni, luego a un gabinete de comunicación hasta llegar a la radio, a Onda Cero, que es donde trabajo como directora regional de La Rioja.

En todos mis destinos profesionales he aprendido —y sigo aprendiendo— muchísimo. Y eso es muy importante. Como tener buenos jefes y compañeros. Gracias Alejandro. Gracias Julio.


(Pilar es la de la izquierda. En la imagen aparece con Idioa Altadill, responsable de Onda Cero en Navarra).

sábado, 12 de junio de 2010

Desembarco en la profesión (12)

Nuestro protagonista de hoy es un veterano, José María Esteban, hasta hace unos meses director de La Verdad de Murcia y antes de La Rioja.


Esta es la historia... de “niño” a “tiranosaurio”

¡Qué cercanos en mi memoria aquellos 19 años cuando en un tren bastante parecido a la expresión "burra" recorrí la distancia que separaba (digo separaba, porque ahora con las comunicaciones está más cerca) Pamplona de Santiago de Compostela!. Mi destino: las prácticas en la Agencia EFE que me habían gestionado desde el entonces Instituto de Periodismo. Hubiera podido gestionar la mili fraccionada, IPS se llamaba entonces, pero preferí la aventura periodística y personal de pasar tres meses lejos de las enseñanzas teóricas y de la vida familiar.

Cara de niño debería de tener, porque los veteranos de la Agencia así me llamaban; una Agencia, en la calle Rodrigo del Padrón, a la izquierda la Policía Armada (entonces y ahora estaba armada, pero entonces la "a" se escribía "A") y enfrente la Guardia Civil. Digo yo que mi afición por los sucesos vendría motivada por el osmótico contagio compostelano; o quizá no, porque no puede ser que tres meses me hubieran dejado tanto poso, inocente como era entonces.

No recuerdo muy bien cómo fue mi segundo día, pero el primero supuso una inyección de responsabilidad que he intentado no desinocularme durante toda mi vida. El 6 de julio me entró la morriña (lógico, cuando encima estaba en tierras gallegas) y me acordaba de los Sanfermines de mi ciudad. Y luego un día y otro sin poder "ver" más que las crónicas del encierro (no había TVE Navarra, que luego 11 años más tarde yo mismo colaboraría a su nacimiento).

Y las bromas de mis compañeros: "Apunta, Niño. Accidente en el puerto de La Coruña. Cerca de 300 muertos de un ferry. Sus nombres..." y cuando torpemente llevaba cinco con imposibles pronunciaciones, ¡quién sabe de qué extraños países podían ser quienes así se llamaban!, las risas me despertaron del ensueño en forma de tragedia.

Fueron tres meses intensos, de una cierta soledad, que reforzó (estoy seguro) el sentimiento de esfuerzo que requiere nuestra profesión. En el retorno, una anécdota rompió el encanto de mi vida estudiantil, trabajadora sí, pero sin esa responsabilidad del oficio. Volví en avión (mi primer viaje, fruto del ahorro de las 7.000 pesetas que mensualmente me pagaban) de Santiago a Bilbao y en el aeropuerto me esperaban unos primos míos que, al poco de los abrazos, comentaron el último disco de Tirex. Así me sonó...y no supe traducirlo, ni siquiera tararear las primeras notas de su canción de éxito, cuando me enteré que era un conjunto musical y que correspondía al grupo estadounidense Tiranosauius Rex, un bicho grande que vivió en América 50 millones de años después que los Dinosaurios de la Ibérica española.

En ese momento, y muchas veces después lo he recordado, me di cuenta de que esos tres meses pasados en Galicia, en mi primer trabajo periodístico, habían supuesto para mi formación lo que los 50 millones de años para el saurio "tirex". Menos mal que la Universidad me acogió nuevamente en su seno y que maestros como José Javier Uranga y Julio Martínez Torres, director y redactor jefe entonces, curso 70-71, de Diario de Navarra, me reflotaron y supieron sembrar en mí la semilla que siempre me ha acompañado en mi vida profesional.

Y de aquellos "50 millones años" de profesión que supusieron los tres meses santiagueños y del buen hacer de mis primeros y mejores maestros navarros, aprendí que la ética no tenía divisiones, que la personal debía caminar al unísono con la profesional y que la coherencia es el mejor antídoto para las arrugas... del cuerpo y del espíritu.

¡Qué cercanos y qué lejanos aquellos 19 años!

lunes, 7 de junio de 2010

Protagonista periodista coleccionista

El protagonista de esta historia es el periodista Antonio Bendala. Trabaja en Odiel Información. No firma el reportaje, pero nos cuenta su historia. Es de esas que se leen siempre.


Esta vez nos hemos puesto en contacto con la "fuente" en vez de con Fran Barbosa, el periodista que firma la doble, para que nos cuente: "Pues me aficioné desde que tuve las primeras camisetas del Madrid. Normalmente las consigo por eBay o por algún conocido que me las regala. La mayoría las he obtenido por el segundo método. También tengo muchas de equipos de la provincia —por cierto, si algún lector del blog puede conseguirme alguna de algún equipo de su localidad, le estaré eternamente agradecido. Se la puede enviar a Miguel Ángel y él me la hará llegar—. Continúo… Cada vez que algún conocido va de viaje intento que me traiga alguna del lugar al que vaya. Por ejemplo, un amigo fue hace poco a Italia y le pedí dos camisetas y me trajo una del Bari y otra del Venezia. Soy muy amigo de Quim Costa, segundo entrenador de Unicaja, y cada vez que juega Euroliga le pido alguna de sus rivales (CSKA, Maccabi y cosas así). Mi reto será tener una para cada día del año".

Mensaje recibido. Objetivo: ayudar a un colega. Espero vuestras camisetas para Antonio.

sábado, 5 de junio de 2010

Desembarco en la profesión (11)

Toni Coll, mítico director de Diari de Tarragona, es nuestro protagonista de hoy. Estaba predestinado a grandes cimas, pues comenzó su andadura profesional como redactor jefe...



Nunca había trabajado, ni en prácticas, en ningún periódico. Ni siquiera había terminado la carrera, cuando me nombraron redactor-jefe de uno que no había salido.

Esto necesita una explicación: mi padre, agricultor, iba a un dentista de Lleida. Un día, en el breve coloquio inicial —qué tal la familia, los hijos…—, salió a relucir que tenía uno que pronto acabaría Periodismo en la Universidad de Navarra. El dentista se interesó enseguida, le dijo que él formaba parte del consejo de administración de un periódico que nacería en verano con el título de Diario de Lérida y que buscaban alguien de Lleida con carrera (cosa que en 1966 no era nada habitual) para ofrecerle el puesto de redactor-jefe. Así que el dentista le arrancó la muela y mi padre le arrancó el empleo.

No quiero recordar cómo presumía yo antes mis compañeros de curso cuando les decía que no sólo tenía trabajo, sino que tenía cargo.

Por supuesto fui aprendiendo desde el primer día en aquel ambiente de una redacción de unos diez periodistas que hacíamos un periódico de 24 páginas sin lunes ni suplementos de nada. Cobraba 6.000 pesetas al mes y me sorprendía a mi mismo de que me pagaran por algo que hacía tan a gusto.

Muchos días esperaba que saliera el periódico para llevármelo bajo el brazo, y como esto ocurría hacia las cuatro de la madrugada y después íbamos a desayunar, llegaba a casa para dormir cuando el sol ya se alzaba por el horizonte. Un día me llegó el título de periodista y al siguiente me desapareció. Poco después lo recuperé. Me lo habían sustraído los trabajadores del taller para enmarcarlo y firmarlo por atrás. ¡Qué gran compañerismo había!

Un día, en ausencia del director, recibí la visita del Delegado de Sindicatos. Me esforcé en el protocolo. Le hice sentar y comenzó agradeciéndome que hubiéramos sacado una foto de su suegra y la correspondiente felicitación el día del cumpleaños. Le quité importancia asegurando que era un detalle que teníamos cada año en tales ocasiones. “Es justamente lo que yo quería decirle —me interrumpió— que no lo hagan más, porque ya hace tiempo que murió”.

Evito alargarme recordando el día que felicitamos a Franco con foto en portada confundiéndonos de san Francisco en el santoral. Nuestra competencia, La Mañana, que era del Movimiento, se preocupó mucho pensando que se le había pasado la fecha, pero después se estuvo riendo de nosotros. ¡Qué tiempos!

sábado, 29 de mayo de 2010

Desembarco en la profesión (10)

Nuestro protagonista de hoy es el periodista argentino Mario Cippitelli. Nos escribió su historia al ver que comenzaba esta serie. Las fotos que acompañan sus líneas se las hemos "robado" de facebook.



Octubre de 1988 fue un mes particularmente especial para los chilenos. Agonizaba la dictadura de Augusto Pinochet, pero el régimen peleaba todavía con todas las fuerzas que estaban a su alcance. Un plebiscito convocado por el propio gobierno nacional proponía optar por el Si o el No a la continuidad de Pinochet. Un eventual triunfo le daría la posibilidad al veterano militar de seguir al frente de los destinos de Chile. Un No le pondría un freno a la ambición de poder y obligaría al gobierno de facto a convocar a elecciones libres y democráticas para elegir a sus gobernantes.

El mundo estaba expectante y Latinoamérica, decididamente volcada a conocer cuál sería el resultado de tal pulseada. ¿Seguiría el régimen o se impondría la libertad? Era la pregunta del millón que pocos se animaban a responder porque realmente era así. Pinochet desde aquel sangriento golpe contra Allende había gobernado a los chilenos sin sobresaltos y con mano firme. También había logrado construir un poder realmente fuerte como para aplastar a cualquiera que intentara interponerse en su camino. Eran unas elecciones apasionantes, tanto en términos políticos como históricos. En definitiva, se jugaba el destino de una Nación y se medía la suerte de una de las últimas dictaduras que todavía se mantenían en pie en Latinoamérica.

En ese entonces, yo cursaba el tercer año de Periodismo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue. Hacía apenas cinco años que había vuelto la Democracia a la Argentina y en la universidad no se hablaba de otra cosa que de libertades, política y gremialismo. Para quienes pasamos por la secundaria en plena dictadura militar era todo un fenómeno social. En cada pasillo de la facu se respiraba política. Había militancia a morir y las aguas se dividían entre peronistas y radicales, más una franja destacada que tenía el Partido Intransigente.

La verdad es que no recuerdo bien cómo surgió la idea, pero Óscar Cares Leiva, un chileno que de chico había venido con su familia, escapando del golpe pinochetista, fue el que lanzó la propuesta. “¿Y si viajamos a Chile y cubrimos el plebiscito?” Toda la familia de Óscar tenía origen comunista. De aquellos comunistas románticos que admiraban a la entonces Unión Soviética. Óscar tenía unos tíos en Santiago de Chile que, pese a las persecuciones, todavía residían en el lugar. El objetivo era conseguir fondos para costearnos el viaje y tener unos pesos para poder vivir en la casa de los tíos durante el tiempo que fuera necesario hasta que se llevara a cabo el plebiscito.


La idea prendió enseguida. Pero era necesario saber cuántos cruzaríamos la frontera para empezar a buscar la plata que hacía falta. Como el motivo del viaje era realizar una “cobertura” periodística completa era necesario contar con todos los medios para poder llevarla adelante. Se necesitaba un cronista, un fotógrafo, un camarógrafo y un periodista que realizara entrevistas en “audio” para completar el trabajo. Leonardo Petricio, Óscar Cares Leiva, Fabio Rodríguez y quien suscribe decidieron emprender tamaña empresa. Se lograron los fondos necesarios, después de manguear a Dios y María Santísima y la facultad nos prestó los equipos para hacer el trabajo.

El hogar de los tíos de Óscar Cares Leiva era realmente humilde. Era una casita de “plan” ubicada en Puente Alto, una “población” (como le dicen los chilenos) en las afuera de Santiago. Cuando llegamos nos estaba esperando el tío Luis, todo un personaje. De pelo canoso y bigote finito, tenía un aspecto muy bonachón, ayudado por un físico corpulento y una barriga prominente. Desde donde se lo mirara era un viejo bueno. Don Luis parecía un hombre de barrio cualquiera, pero tenía toda una trayectoria política. Había sido funcionario y colaborador de Salvador Allende y sobrevivió a la masacre de 1973. Don Luis no tuvo necesidad de exiliarse. Decidió quedarse en su país, aunque tuviera que pagar muy caro su pasado político. Para poder sobrevivir hacía algunas changas y debía conformarse con vivir con total austeridad, a sabiendas de que permanentemente estaría vigilado. Una jugada de más y su “suerte” podría cambiar bruscamente.

La tía Margarita era la compañera de toda la vida. También tenía el mismo aspecto bonachón del tío Luis, pero derrochaba dulzura, bondad y humildad. También era de porte robusto y ropas sencillas. No recuerdo haberla visto nunca sin esa cabellera gris recogida y ahorcada por una hebilla. La tía Margarita nos atendía como reyes. Se levantaba antes que nosotros y nos esperaba con un desayuno suculento, puesto que esa sería nuestra única comida hasta la noche.

A la mañana temprano nos íbamos a Santiago y trabajábamos hasta la tardecita. Cuando sabíamos que había material suficiente, regresábamos en un colectivo a la población con la expectativa de la cena. Todos los días le dábamos plata a la tía para que comprara lo que hiciera falta. Muchas veces pienso que eso también los hacía felices porque tenían muchas necesidades insatisfechas. Nuestra presencia les alteró la vida y la rutina de Puente Alto. Cuatro jóvenes, apenas pasados de la adolescencia, se integraban a la familia de un día para el otro. La casa gris, descascarada y húmeda empezaba a tener color y movimiento. Empezaba a tener vida. Luis y Margarita no tuvieron hijos. Por eso nosotros pasamos a ser una “verdadera alegría del hogar”.


En esos casi 40 días que estuvimos en Chile vivimos mil aventuras. Creo que si las describiera una por una, estaría en condiciones de escribir un libro. Rescato una anécdota que es el mejor reflejo de nuestro espíritu osado y de las ganas que teníamos de hacer periodismo de verdad y no a través de trabajos prácticos aburridos como nos daban en la facu.

En una de esas tantas cenas y sobremesas interminables, a Don Luis se le escapó que tenía ciertas vinculaciones con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el aparato militar del Partido Comunista de Chile que tuvo un fuerte protagonismo en la resistencia armada contra la dictadura de Pinochet. El Frente Patriótico también estuvo cerca de asesinar al dictador durante un frustrado y sangriento atentado en 1986. La reacción de Leonardo fue inmediata. “¿No nos puede conseguir una entrevista con los dirigente del Frente?”.

Solamente la posibilidad de realizar una nota de estas características nos ponía la piel de gallina. Que un grupo de estudiantes de periodismo saliera con una nota exclusiva con los líderes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en plena dictadura chilena, y a pocos días del plebiscito era para emocionarse. La cuestión es que el tío Luis dijo que se comprometía a hacer algunas gestiones para lograr esa nota. No dio detalles; sólo lanzó el compromiso.

Un par de días después, el tío nos anunció que esa noche llegaría a cenar a la casa un muy amigo de él que quería conocernos para analizar la posibilidad de que se concrete la entrevista con el Frente Patriótico. No nos dijo quién era el hombre, pero evidentemente era un nexo importante. Creo que no hablamos de otra cosa durante todo el día. Esperábamos la visita de ese tipo, como si fuera lo más importante que nos hubiera pasado en nuestras vidas. Y eso que el hombre en cuestión era nada más que un intermediario que nos haría las gestiones finales.

Lo cierto es que el tipo cayó a cenar. El tío nos presentó y hablamos más nosotros que él. En definitiva, el hombre quería conocernos y saber qué gente éramos y si realmente estábamos preparados para hacer una entrevista de esa naturaleza. Pero lo más importante, garantizar que no tuviéramos ningún tipo de riesgo hacia nuestra integridad física. El Frente Patriótico Manuel Rodríguez operaba obviamente en la clandestinidad y la cabeza de sus líderes tenía precio hacía mucho tiempo. Para el gobierno de Pinochet era uno de los trofeos que faltaban en la vitrina de horror y muerte que ostentaba su gobierno.


Algunas pautas habían quedado claras: de hacerse la entrevista se deberían tomar todos los recaudos necesarios para nuestro traslado hacia el lugar donde conoceríamos a los líderes del Frente. Un auto nos pasaría a buscar a tal hora, deberíamos viajar encapuchados para no saber por dónde nos dirigíamos, y otro vehículo nos esperaría a mitad de camino para llevarnos finalmente al lugar de la entrevista. Cada intervención nuestra era analizada por este hombre. Nos escuchaba y estudiaba cada detalle. Realmente sentíamos que estábamos debajo de una gran lupa. Después de la extensa sobremesa, el tipo se fue. Se despidió de cada uno de nosotros con la promesa de que traería una respuesta.

Creo que esa noche apenas pudimos dormir. Con las luces apagadas y en medio del silencio sepulcral de la casa, se escuchaban nuestros susurros. ¿Nos darían esa gran posibilidad? ¿Lograríamos la nota que no habían podido realizar ni las grandes agencias de noticias internacionales?. ¡Cuánta ansiedad!

La respuesta no tardó más de dos días. Muy a nuestro pesar, el tío Luis nos comunicó que “la gente” en cuestión había decidido no concedernos la nota por una muy sencilla razón. Eramos muy perejiles y el riesgo era altísimo. No lo dijo en esos términos, pero nosotros lo entendimos muy bien. Particularmente, me pasó algo extraño al conocer la respuesta. Por un lado vino la frustración, pero también sentí un alivio. El clima en Chile era realmente denso y un par de semanas antes del esperado plebiscito habían asesinado a varias personas en hechos muy confusos.

Los cuatro teníamos mucho miedo, más allá de nuestro espíritu de aventura. Y era miedo en serio, como nunca antes habíamos sentido.

Y si no hacíamos la nota con el Frente Patriótico, ¿con quién la haríamos?.La consigna era hacer un informe distinto al que pudieran tener los miles de medios de comunicación que habían empezado a desembarcar en Chile. Contra ellos no podríamos competir. Pero, ¿qué personaje era desconocido, pero a la vez valioso como para hablar de la dictadura chilena?

Creo que en el preciso momento que debatíamos el tema, entró el tío Luis. Y allí tuvimos la respuesta. El era el personaje que estábamos buscando y nos podría contar miles de cosas con un valor histórico y político muy alto. ¿Acaso no había sido funcionario en el gobierno de Allende? ¿Acaso no sabía más de lo que parecía saber del Frente Patriótico Manuel Rodríguez?

Sabíamos que algunas cosas eran muy difíciles de charlar con el tío Luis, especialmente aquellos temas “sensibles” y calientes, como el del Frente Patriótico. Nosotros estábamos seguros de que él sabía mucho, pero ¿cómo convencerlo de que hable si en más de una oportunidad nos había dicho que no? Encima en una entrevista filmada y grabada.... era impensado. Pero a alguno de lo cuatro se nos ocurrió una idea desopilante. “Pongámoslo en pedo que seguro se va a soltar”.

La estrategia era la siguiente: le diríamos que queríamos hacerle una nota “color” de Chile, contando lo que él más quisiera para llevarnos de recuerdo el material y esa noche serviríamos pisco a rabiar para que el tío finalmente se distienda.

A la tarde, compramos tres botellas de pisco de 40 grados y quedamos preparados para la gran entrevista. El único detalle a tener en cuenta es que uno solo no bebería porque sería el encargado de la filmadora. Los otros tres estarían en la mesa con el tío Luis haciendo las preguntas. Terminamos de cenar muy bien (como siempre) y entre cigarrillo y vasito de pisco comenzamos la entrevista.

Las primeras preguntas fueron banales. Las cuestiones familiares, culturales y hasta paisajísticas de Chile. Los vasitos de pisco (muy chiquitos) se vaciaban rápidamente y el contenido de la primera botella comenzó a bajar. Nosotros nos mirábamos de reojo y a la vez estudiábamos al tío Luis que tomaba y tomaba, mientras comentaba cosas de la ciudad, de la familia y algo (muy poco) de política. Terminamos la primera botella y se vino la segunda. No hubo corte. La entrevista proseguía como si nada, mientras los vasitos de pisco se llenaban y vaciaban a un ritmo vertiginoso.

Leonardo Petricio se mantenía firme detrás de la filmadora esperando el momento justo. El “enano” Fabio, Óscar Cares y yo, seguíamos preguntando, aunque con cierta dificultad, porque los 40 grados de la primera botella se sentían y mucho. Lo cierto es que el tío Luis hablaba y hablaba como si en vez de pisco estuviera tomando agua mineral. No había un solo desvarío ni vacilación en sus respuestas. Todo lo contrario ocurría con nuestras preguntas.

A la mitad de la segunda botella yo no sabía cómo me llamaba y me daba lo mismo el tío Luis que el Pato Donald. Del Frente Patriótico Manuel Rodríguez ya ni me acordaba. Y lo mismo le ocurría al “Enano” y a Óscar. Leo seguía filmando. En un momento dado no aguanté las ganas de vomitar. Pero como la entrevista era sin cortes y la cinta de la filmación corría, pedí permiso y me levanté. Fui hasta el patio de la casa y vomité como si participara en la final del campeonato mundial de vomitadas.

En el medio del patio había una suerte de piletón lleno de agua helada. Ahí metí mi cabeza para tratar de recomponerme. Respiré aire frío de la precordillera y volví a la mesa. Mi “look” había cambiado. Ahora estaba peinado para atrás con la cabeza mojada, los ojos inyectados en sangre y un andar dificultoso. Me ubiqué en el lugar que había dejado en la mesa y me incorporé a la conversación. Cuando miré a mis compañeros, noté que el pisco también había hecho estragos. Los dos estaban casi dormidos y apenas podían murmurar un par de preguntas. El tío Luis seguía hablando fresco como una lechuga.

Entre esa segunda botella y la tercera que finalmente terminamos, salí al patio dos veces más, pero siempre pidiendo permiso correctamente para no arruinar la filmación. En ese momento no sabía que esa entrevista ya era para morirse de risa. Estábamos los tres aprendices de periodistas completamente borrachos, mientras el tío se mantenía firme, como si nada hubiera pasado. Evidentemente el objetivo de ponerlo en pedo a don Luis había fracasado. “Bueno chicos, me parece que ustedes tienen sueño así que yo también me voy a dormir”, dijo el tío con un tono paternal.

Leo se mataba de risa al vernos. Eramos una piltrafa. Particularmente mi aspecto era grotesco ya que en cada salida para vomitar, había metido mi cabeza en el piletón de agua helada y la segunda y tercera vez que lo hice, ya no me importaba nada mi peinado. Tenía los pelos parados y una cara de pobre infeliz que conmovía. Esa noche dormí profundamente y al otro día me levanté con la sensación de que un camión me había atropellado. En la mesa de la cocina, desde temprano, ya estaba don Luis tomando un cafecito. Fresco, como si nada. Durante el día repasamos la entrevista que había filmado Leo y nos reímos hasta llorar. El espectáculo que habíamos dado era realmente gracioso y desopilante.

El lunes posterior al plebiscito en el que finalmente se impuso el NO a Pinochet, regresamos a la Argentina. Habíamos estado más de 30 días tratando de ejercer el oficio que los cuatro elegimos para trabajar toda la vida. Eran los primeros pasos de periodistas que dábamos. No conseguimos la entrevista del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, pero logramos formar un grupo de trabajo que protagonizó centenares de anécdotas como las que aquí relato. Algunas muy graciosas, otras hasta dramáticas.

Lo importante del viaje no fue el plebiscito del que el día después habló todo el mundo. Habíamos tenido nuestro bautismo de fuego. Ya eramos periodistas.


sábado, 22 de mayo de 2010

Desembarco en la profesión (9)

Nuestra protagonista de hoy es María Tejo. Lleva ya unoa cuantos años en Expansión. En su texto, nos habla de una sandía...

Doce de la mañana en la madrileña plaza mayor. Se me ha olvidado el día exacto. Pero no el cutis terso de aquella sandía que, en un día común de agosto de 2005, cayó entre mis manos, como un ángel verde. Llegó rodando desde la rampa extraíble de un camión de agricultores. Aquel mediodía un centenar de trabajadores del campo regalaba fruta para reivindicar un mayor margen de beneficios en la actividad. Las cerezas, a gramos (un puñado por persona). Y las peras y manzanas, a kilos. Y vaya si tuvo éxito la iniciativa. Bien temprano (desde las nueve y media de la mañana, según las fuentes policiales consultadas) decenas de curiosos, algunos, y astutos, los más, comenzaron a hacer corrillos en torno a la plaza, pertrechados de bolsas de plástico y carritos de la compra. Pero mi cometido no era reproducir un cuadro costumbrista. Aunque tampoco me habían encomendado otro, así que me metí en ambiente.

Los cámaras, yo por entonces era becaria en Tele 5, se hincharon a grabar albaricoques que volaban como cohetes, aunque más por diversión que por el ánimo de ver reproducidas esas serpentinas frutales en la pantalla. Es la primera regla periodística:la probabilidad de que las ruedas de prensa que cubre un becario sirvan luego para algo es diez veces menor que haya una invasión de McDonald´s en Saturno.

Así que me relajé. En la redacción nadie supo de mí hasta que, saciados el cámara y yo de participar en el Festín de Babette, decidimos regresar para no perdernos a Hilario Pino, en la edición del mediodía. En el trayecto, una llamada. Algo insólito: mi jefa, aquella que se aprendió mi nombre el último día, me comunica que está preocupada por si no llegamos a tiempo a la redacción. A la una menos diez me pide las coordenadas y le doy las que no salen en los mapas; ésas que se le ocurren a alguien que nunca antes ha pisado la Castellana (“acabo de pasar una calle muy grande y... muy ancha”).

14.15: en unos minutos, toda España verá una sandía en su televisor. ¡Es la noticia que abre el telediario! Rápido: la cinta de vídeo, el micrófono, el programa para editar y.. la segunda regla no escrita: los becarios no tienen silla propia; su índice de rotación es proporcional a sus ansias por aprender. De pronto, una voz amiga a la que ya hace tiempo que no he vuelto a escuchar: “Simplemente, hazlo”.

Y lo hice. Saqué la sandía a escena. Al fin y al cabo conocía la historia de ese ser orondo y eso era, exactamente, lo que debía contar.

Han pasado varios años desde el episodio de la sandía. Pero aún noto la espuma de su carne rosada en el paladar. Es un sabor que permanece y me recuerda, allí donde voy, que las exclusivas, las grandes noticias, en ocasiones están dormidas o arrinconadas en alguna esquina de Madrid. Vagan solas hasta que alguien las descubre, un buen día, porque ha dedicado el tiempo y la voluntad necesarias para recogerlas del suelo y echarlas a rodar.


sábado, 8 de mayo de 2010

Desembarco en la profesión (8)

"Pues después de toda la carrera pensando en que iba a ser un intrépido periodista he acabado en la tele. Ahora estoy en el departamento de Marketing de Telecinco y en vez de escribir reportajes me dedico a analizar los contenidos y las audiencias. Me he quitado la careta: abandoné los temás serios para poder dedicarme a pleno pulmón a los cotilleos". Nuestro "invitado" de hoy es... Santi Gómez.


"Por cierto, que me he acordado de la historia de esta foto. Me pidieron una para un folleto de la facultad sobre recién licenciados que estaban trabajando. Me daba vergüenza ir con una cámara para que me sacaran una delante de todo el mundo como becario de oro y pregunté a ver si había algún fotógrafo por allí. Me metieron en un despacho y me hicieron un reportaje propio de un consejero delegado... hasta en el precio!! No sé quién terminó pagando la factura... Qué desastre".

Este es el doble desembarco de Santi:

Los hay que debutamos por la puerta grande. En los que somos de Bilbao es natural, porque lo llevamos en la sangre, los demás hacen lo que pueden. Servidor apareció un 1 de julio de 1996 en Radio Euskadi para unas prácticas de verano y recalé en deportes porque nadie más quería ir allí.

Después de los primeros días de aclimatación me invadió ese sentimiento tan propio del principiante de que ya está listo para acometer todo tipo de tareas. Los encargos que me daban no llenaban mis expectativas, ni mis posibilidades: llamadas a frontones perdidos para recabar resultados, seguimiento de los equipos de segunda y tercera división, actualidad del mundo de las traineras…

Así pasaban las semanas hasta que me dieron la oportunidad de hacer algo relacionado con el Athletic: me mandaron a la presentación del nuevo periódico del equipo. Allí me planté con mi bloc, grabadora, micrófono y todo el equipo necesario. Incluso el cámara de ETB me grabó unas imágenes leyendo con gran interés el periódico. Pero aquello era un fiasco: un discurso insulso del presidente y nada más. Una vez cumplido el requisito nos tiramos todos a por nuestra Coca-cola y canapés. Y un rato después decidí que ya había cumplido mi misión y me fui. Aquello fue mi perdición.

Entré en la redacción y mi jefe me preguntó por las declaraciones que acababa de hacer el presidente. “Pero si no ha dicho nada”, respondí. “¡Cómo que no! ¡Se ha puesto a rajar de todos los jugadores! Es lo más importante que ha pasado este verano”… y el reportero de Radio Euskadi se había largado antes de tiempo. No hay palabras para describir el “tierra trágame” que me vino a la cabeza. Menos mal que recuperaron las grabaciones por un colega de otro medio.

A pesar de todo me dejaron entrar en el programa deportivo para hablar del periódico, pero estaba tan nervioso, que me quedé en blanco y sólo se me ocurrió soltar un glorioso “joder” en antena. Para terminar de rematar la faena.

Después de este día, me di cuenta de que ejercer de avispado reportero callejero no era lo mío, así que me tenía que buscar las habichuelas por otraos derroteros. Y la oportunidad llegó cuando nada más terminar la carrera tuve la oportunidad de irme a Madrid a trabajar en un estudio conjunto de Arthur Andersen y la Facultad.

Aparecí una soleada mañana de julio en el edificio Windsor (sí, ese que se quemó de arriba abajo en 2005) y en pocos minutos me dieron un ordenador portátil y me instalaron en un confortable despacho de la planta 22; me aclararon que no era para mí, pero que sólo se utilizaba por las tardes y de momento podría estar allí por las mañanas. Un rato más tarde entró una secretaria y me preguntó si me molestaba el sol que entraba por la ventana y bajó las persianas. Al cabo de una hora volvieron para preguntarme sí quería que me trajeran un café. Y luego mi jefe me dijo que en agosto se iban todos y que me iba a tener que coger todo el mes de vacaciones.

Aquello sí que era lo mío. Había acertado de lleno en mi nuevo camino profesional. Iba a ser un triunfador. Creo que pocos becarios habrán tenido un primer día tan glamouroso.

Como es de suponer aquello fue un espejismo breve. A la vuelta de las vacaciones el dueño del despacho se hartó de tener un ocupa gorrón y me echaron. Fue mi perdición. Una vez que perdí mis privilegios todo el mundo me identificó como el becario y la lista de tareas varió llevar cafés, hacer fotocopias, recados en la otra punta de Madrid... Incluso estuve a punto de hacer un viaje en avión a Santander para recoger un sobre, pero se lo encargaron a otro más fiable.

Eso sí, aprendí un montón de cosas. Y puedo decir que yo estuve en el edificio Windsor. Por cierto, tenía unas vistas preciosas de Madrid y ver los atardeceres en otoño era una gozada.

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